Descontrol en tiempos de tiempos

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Ya no quiero mover más las manos.
ni siquiera hurgar en las angustias
me da consuelo.
que descontrol tan soberano
que juega en lo mental
con su poder loco...
que locura tan inminente!
quieres venir?!
por favor!
ya no quiero hablar
más contigo
si hay cuerpos
con esta carencia tremenda.
No quiero que me escuches más
si mis palabras
están huracanadas
y forzadas en su ira imbécil...
que desperdicio!
pensar que esta ira
son caricias!
ven luego,
porque hay un claro descontrol
que se pierde en mi pena,
pero se juntan

y van a seguir odiando al tiempo.


Transición

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Tengo un poco de sangre
en la boca,
pero también un hombre
esperando en el futuro...
espero que le hagas el amor,
porque para eso

se está despertando.


Infierno

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Estoy aterrado
y se me desprenden los botones.
que vasto el infierno
de las penas;
si basta que me corte las piernas
para no poder correr
cuando quiera llorar.
por favor,
que pueda cumplir
con lo que he prometido.
se compromete aquí
el que corras
y el que yo caiga...
no corras,
no te me vayas...
por favor,
no te asombres

con la miseria.


Donde afectas

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Yo sabía que iba a llorar
sintiendo un abrazo
que no había...
Y lloré con esas penas de muerte.
No quiero ningún lugar
ni ningún momento
sin tu canto;
tendría que quemar todo,
inclusive a mí
para disminuirte en algo.


Rózame la mano
para desvanecerme en agua...


Yo no sé si tu sabes,
pero ya no hay posibilidad

de separación.


Conclusión

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Ahora ya sé casi todo.
Sé cómo se mueven arriba
las estrellas.
Sé por qué entregué
mi aliento y mis manos.
Ya sé por qué
mi voluntad ahora
se está humedeciendo,
y me quiere volver
a la pasión de ser.
Ahora sé,
en mis labios,
que esta aridez sangrante
es porque esperaré tranquilo,
y volverá la humedad
de los suspiros.
Ahora conozco esta miel,
que no endulza
pero suaviza los gritos.
De lo que no he sabido
es de tu corazón,
quizás luego sabré
que no era necesario.


Terror del dolor

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Son millones las palabras,
pero no sé si quiero que me oigas.


No sé qué amor es éste,
pero no quiero tener los ojos,
si me obligan a ver la avaricia de tus manos...
No quiero las gigantes orejas,
si tengo que oír que me has matado,
sería mejor no saber que he muerto.


Ya no hay forma
de que no suenen mis pasos...


El actor se muere
cuando el alma
agita las esponjas.
el sudor es enfermizo
y fatal
cuando el seno blanco
se muestra a la luz oscura,
que dolor...
¡Que mis manos se pudran!

Ni de niño ni de adulto
se extirpan las espinas del pecho.


Los días ya no caben

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Se me adelgaza la vida
en estos días que ya no caben.
Qué hago con el sol prepotente
que alumbra
hasta donde una vela
me escupe en la cara su vida.
Prefiero los estigmas de Cristo
si vas a estar tú conmigo
sanando ese dolor,
que este otro
que clava y clava;
sin horario;
y tan oscuro
y tan solo...
vida,
ven aquí
y duerme conmigo,
que ya casi no me puedo,
ven aquí,
que ya casi,
que me muero...


Una tarde de dos años

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Eran las tres de la tarde de un día de verano completamente despejado, de esos días que no tienen mayor complicación ni mayores cuestionamientos; el día sólo era eso: un día.

José entró al bar “Un trago más...” tranquilo y sonriente; relajado y confiado. Se sentó en una mesa y pidió una cerveza. No tenía otro fin que relajarse y pasar un poco el calor. Mientras bebía su cerveza sacó de su bolsillo una carta de una amiga de la infancia, que le gustaba mucho leer porque le traía muchos recuerdos bellos, pero inmensamente tristes de una época de su vida en que fue muy feliz. Pero a medida que pasaba el tiempo, José se daba cuenta de que cada vez que leía la carta, le producía menos pena y pasaba a un sentimiento de nostalgia que, a su vez, era cada vez más bella y tranquila; paciente. Una enorme paz lo invadió, como una sábana liviana que caía sobre sus hombros y lo llenaba de luz. Justo en ese momento por la puerta del bar entró Sofía; una mujer blanca con una cara dulce y un confiado y decidido caminar, como el caminar del viento que acaricia los árboles, pero que a veces también los saca de raíz.

Sofía se sentó en la barra y pidió un café, con bailys, y mientras esperaba el café, sacó de su bolso un libro: “El sueño del ángel está por venir”. Le llevan el café, enciende un cigarrillo, fuma una vez, toma la taza, bebe un sorbo, se arregla el pelo, mira a su alrededor y se detiene en José por alguna razón, pero gira rápidamente la vista y se pregunta por qué se habrá detenido en él si no tenía nada que ver con su tipo de hombre. Lo mira nuevamente y él levanta la vista y la mira a los ojos, ya la había visto entrar, pero se había olvidado de ella. Los dos giran la vista. Ya no se miran. Sofía se para, apaga el cigarrillo, mira el café, toma un sorbo, (queda más de la mitad) y camina tranquilamente hacia José sin quitarle la vista. José se pone ansioso y echa a volar siete sueños. Y cuando faltaban tres pasos para que Sofía llegara hacia él; ya había cumplido cuatro. Sofía lo toma de la cara y él la besa en la boca y la pone sobre él. Beso largo. Mucho amor. Beso más largo. Mucha pasión. José le desabrocha la blusa, Sofía le saca la mano. José la desnuda. Nadie mira. Sofía y José hacen el amor. Durante aquello, nadie los mira. Sofía le dice “Basta”; José la toma de la cintura y Sofía le dice “basta” y José la besa. Sofía lo besa. Sofía le dice “basta” y José se enoja y la toma de la cabeza y la besa. Sofía lo besa. Sofía dice “¡basta ya, ahora!” y José no puede creer que su mirada decía realmente basta. Sofía se comienza a abotonar la blusa. Cuando se comienza a abotonar el primer botón, recién los miran a los dos, cuatro personas. Cuando va en la mitad; los miran diez personas. Cuando se abotona toda la blusa; los miran todo el bar y algunas personas que pasaban fuera. Sofía lo mira con ternura y se va. José está sorprendido y llora viendo irse las flores; las hamacas; las lluvias; los niños; las chimeneas; las piedras; los puentes; los niños; los puentes; los niños; los puentes. Sofía camina hasta la puerta y José le grita: “¡Por favor mírame una vez!” y Sofía da vuelta la cara y lo mira con ternura. José ve rencor. Sofía siente rencor. Sofía se va y José se queda en el bar y descubre sobre la mesa una pulsera que se le cayó a Sofía y la huele. Siente un dolor tan profundo que lo ahoga de tal manera que necesita salir del bar a respirar. Camina largo rato y se calma bastante, pero huele la pulsera de Sofía y llora con mucha nostalgia. Camina otro rato y ya está muy tranquilo. Se sienta en la banca de una plaza y se relaja para pensar un poco y enciende un cigarrillo. De repente de una casa enfrente sale un hombre y detrás sale Sofía. Lo toma de la mano y se van caminando. José se sorprende pero no le importa. Se para y le grita a Sofía “¡Sofía; mírame!”. Sofía lo mira suavemente. No siente rencor. José está muy tranquilo. Sofía está muy tranquila. José la ama, pero se va. Antes, le tira cuatro sueños, y se guarda tres.


El sabio y las cascadas

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Ya no puedo mirarte
con los ojos
con que te regalaba mi vida.
y es que tu mano prepotente,
está apagando
a estos ojos que volaban;
que decían
lo que antes admirabas;
que gritaban
lo que antes escuchabas,
y ahora tapas
con la rabia que te empaña...
qué pasa amor,
que cierras todas las ventanas...
que triste estoy,
por gritar;
por creer...
Que miedo tengo,
por perder aun más,
porque duela aun más dentro...
a tu boca va mi sed;
a tus ojos mis cenizas;
a mi boca la amargura;
a mis ojos
el sabio y las cascadas.


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